ATH 1 – 2 RM: El rugido del líder

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El rugido del líder se hizo notar en San Mamés, territorio complicadísimo. Dos goles de Benzema en los primeros siete minutos de encuentro, el primero un golazo sensacional, sellaron la victoria del cada vez más sólido primer clasificado de LaLiga, con el francés despidiéndose ovacionado del estadio bilbaino, con Peter Federico debutando en el Botxo, con Hazard por fin a un nivel mejor que aceptable. El 1-2 ante el Athletic es un golpe sobre la mesa de un equipo con aroma a campeón.

Hay estadios donde es imposible no jugar bien al fútbol, que no quiere decir (¡alabado sea el Señor!) jugar bonito. No, me refiero a jugar bien. A correr como un galgo, saltar como una gacela, percutir como un rinoceronte, estar alerta como un buho y a darlo todo por el compañero, como una hormiga. Y San Mamés es uno de esos estadios. Da igual cuándo te toque jugar allí. Un recinto precioso, un rival histórico, una afición rival que aprieta como una condenada pero no ahoga, un equipo que sabes que no se va a guardar nada porque el partido es El Clásico, por excelencia. Un Athletic-Real Madrid en el Botxo. Un partido que no tendría lugar en la Superliga para ególatras, pero que sí cabe en LaLiga española, todos los años, desde la primera edición. Y por muchos años más.

El partido comenzó como un choque de estas características, de alto voltaje y de nobleza infinita, tiene que empezar. A los cuatro minutos, Benzema clavó un latigazo que no se atrevería a tratar de imitar ni Indiana Jones. Un golazo brutal. A los siete, de nuevo el francés aprovechó un balón suelto en el área bilbaina para hacer el 0-2. Y cuando el juez se disponía a levantar el cadáver del equipo rojiblanco, a los diez minutos, Sancet aterrizó un zurriagazo imparable en la red de Courtois para poner el 1-2 y darle sales a los de Marcelino. Diez minutos, tres disparos, tres goles. Partidazo.

Los dos equipos andaban tan repletos de bajas, el COVID omicromesco haciendo de las suyas, que uno intuía que el ritmo sería pausado, de carraspera, cuidado que tienes mocos, esa tos no me gusta nada, me parece que tu sudor es frío. Pero no era nada de eso. Cada vez que uno de los dos equipos recuperaba el balón, se lanzaba a tumba abierta a por el mentón del rival, desprotegiendo su mandíbula, a mí Sabino que los arrollo. Y salió lo que no podía ser otra cosa: un partido precioso, a la altura del escenario, a la altura de la leyenda magnífica de los dos clubes. Pese a las ausencias, nadie puede reprocharle nada a ninguno de los protagonistas, porque pusieron todo lo que había sobre el tapete. Y ninguno se dio mus. Fue un órdago a la grande desde el principio.

El Madrid intentaba ligar más sus ataques, algo más dinámico por la presencia de Valverde y Camavinga que en otras ocasiones, y con Hazard hasta resultón, mientras Vinicius se perdía en demasiados gestos neymarescos que no venían a cuento. Le defendieron muy encima y, en vez de sacar a relucir su repertorio futbolístico, el mismo con el que lleva deslumbrando al mundo desde agosto, prefirió meterse en una refriega que minimizó su impacto en el partido. Cosas de la inexperiencia.

El Athletic, mientras, era más versátil en sus llegadas, y trataba de suplir el estar un punto por debajo del Madrid en calidad derrochando sacrificio y trabajo. La calidad de Muniain y la velocidad de Williams se vieron acompañadas por la sorpresa de la tremenda llegada de Sancet y el trabajo de Vencedor. El partido era de ida y vuelta, una montaña rusa, pero los porteros no tenían que intervenir de manera decisiva. Un espectáculo memorable, pero sin puntería. Los tres golazos del arranque habían empapado la Santabárbara.

Incomprensiblemente, el Madrid pareció perderle la cara al partido en el segundo tiempo. O más que perderle la cara, ponerla de perfil. Los de Ancelotti intentaron desparramar varias cubas de tila sobre el césped de San Mamés, enfriar el partido a toda costa, no exponerse, arriesgar lo justo, cuando sobre el césped todo venía sucediendo a toda pastilla. Pero a veces controlar la posesión no significa controlar el juego. Porque como consecuencia del ritmillo sabrosón, el líder dejó de rondar la meta del Athletic, mientras que los de Marcelino, que seguían jugando como si a las once de la noche se acabara el hechizo, un incordio permamente, pero con la tara de toda la temporada, su falta de gol. La entrada de Nico, el hermano de Iñaki, provocó que el dúo Williams fuera un dolor permanente de muelas, pero sin extracción.

Aún así, fue Hazard quien dispuso de la ocasión más clara. Es curioso lo del belga. Cuando nadie le esperaba a estas alturas, comienza a dar señales de que hay vida futbolística dentro de la camiseta con el dorsal 7 del Real Madrid. Sí, no es el Hazard del Chelsea. Ni el de Bélgica. Pero tiene pinta de que puede ser muy aprovechable. En un Madrid con tan poca rotación, que esté a este nivel es una muy buena noticia. Como buena noticia fue el debut en Primera de Peter Federico, el hispanodominicano de pelo afro, zurda mágica y voz aflautada que tiene ante sí un inmenso futuro. No todos los futbolistas tienen la ocasión de debutar en San Mamés, en un Clásico, en medio del rugido del líder.

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